PRIMERA PARTE
Infancia
Capítulo 1
Mi padre llegó a casa con un pequeño ramo que había cogido del campo. Era un ramillete de pequeñas flores silvestres de color amarillo y amapolas rojas, junto a ellas destacaban un par de geranios, de los que se podía deducir que hasta hacía unos minutos adornaban la puerta de alguna vecina. Era costumbre en él tener ese tipo de detalles con mi madre.
—Hola, cariño —gritó desde la puerta de casa mientras se quitaba su viejo sombrero de tela.
—Hola —se oyó a lo lejos una voz que procedía de la cocina.
—Te he traído un ramo. Las más bonitas del campo para la más bonita de mi casa —le dijo mientras se acercaba a ella desde la puerta de la cocina. Una vez estaba en la misma habitación, se acercó a ella por la espalda, le retiró el pelo y le dio un beso en la nuca.
—Gracias —le contestó ella cogiendo el ramo y dándole de nuevo la espalda. Sin hacer amago de querer seguir la fiesta.
—Cariño, ¿has tenido un mal día? —dijo él, que no soportaba que María no le devolviera las muestras de cariño. La observó dando un paso atrás, dándole espacio y tiempo para responder.
—No es eso, Paco —contestó mi madre mientras se recogía el pelo con unas horquillas, dejando su cara despejada.
En su rostro se podían ver unos preciosos ojos saltones de color marrón. Su cara lucía ya alguna arruga, a pesar de tener solo veintiséis años, eran tiempos en los que se envejecía muy pronto. Porque empezaban a trabajar siendo niños y se tenían hijos muy jóvenes, era como si todo lo vivido se quedara grabado en la piel. «A pesar de eso, tu cara siempre será la más bonita», o al menos eso decía mi padre si en algún momento salían en la conversación. Ella tenía el pelo castaño oscuro, le gustaba llevar melena larga y ondulada, un poco más abajo del hombro.
—¿Qué te ocurre entonces? —preguntó mi padre inquieto.
—Es que me he enterado de que hoy ha nacido. Ha sido niña —dijo mi madre con un tono de tristeza.
—Que ha nacido, ¿quién? —dijo mi padre, que por un momento no sabía de qué le estaba hablando. Aunque en seguida cayó en la cuenta.
—No te hagas el tonto, sabes muy bien de quién te hablo. Tu hija, ha nacido tu hija. —Su tono se puso más firme y rudo.
—¡Ah! Sabía que ya estaba fuera de cuentas, era cuestión de tiempo —respondió él, sabiendo que esa tarde no iba a ser tan placentera como esperaba—. Pues me alegro de que estén bien —dijo mi padre apartándose un poco y con la cabeza baja absorbiendo la culpa.
Su mente se trasladó al pasado, a aquel momento en que estaba en las fiestas del pueblo vecino llamado Algaida. Había ido con sus amigos; era un ambiente relajado y alegre. De repente unas chicas se pusieron cerca y finalmente entablaron una conversación.
Mi padre, al que siempre le han gustado las mujeres (quizá fuera ese su único defecto), no pudo contenerse y empezó a tontear con una de ellas. Comenzó como un simple entretenimiento, puesto que él está locamente enamorado de mi madre y adora a sus hijos. Desde luego, nunca habría hecho algo así de forma premeditada, pero las circunstancias, la embriaguez y la atracción de conocer algo diferente le llevaron a un callejón donde la poseyó.
—¿Vas a ir a verla? —preguntó mi madre, que se giró de nuevo hacia él para ver su reacción—. Ya hemos discutido de esto, y sabes muy bien lo que opino —dijo mi madre muy seria.
Y tanto que lo sabía. Unos ocho meses atrás, cuando mi madre se enteró de la infidelidad de mi padre, por boca de una amiga de la otra mujer en cuestión, habían tenido una gran discusión. Y habían hablado largo y tendido del tema. Mi padre durmió varias noches en el salón, recostado entre las duras sillas de madera con el asiento de mimbre.
Mi madre al principio no daba crédito a lo que le estaban contando. El relato de la susodicha mujer continuó dejando lo más desgarrador para el final, y es que se había quedado encinta.
A medida que la mensajera le iba contando, mi madre se iba quedando más y más congelada; la noticia la había atravesado como un rayo y parecía que la había dejado partida por la mitad.
El motivo de su visita era para pedir que el padre se hiciera cargo de los gastos de la manutención de la criatura. Puesto que era imposible que se casara con ella, al ser un hombre ya casado. Y a ella, al ser una mujer mancillada, ningún otro hombre la querría para ese fin. Se veía sola y sin medios.
Cuando terminó su relato, como vio que mi madre permanecía inmóvil, a duras penas levantó un poco la cara para poder cruzar una mirada con ella, se levantó de la mesa del salón donde estaban sentadas y se marchó, dejándola sola.
Mi madre no podía soportar el dolor de la traición, no solo a ella, con la que llevaba casado ocho años, más los años de noviazgo, sino también sentía que había traicionado a los tres hijos que compartían y el cuarto hijo que ya estaba en camino gestándose en su vientre. Pasó por la rabia y la ira; por la desesperación y el llanto; el rencor e incluso la sed de venganza… Todos los sentimientos que la encendían por dentro, como si el mismísimo fuego del infierno ardiera en su interior. Pero entendió que, a su vez, esas emociones la consumían, pues le quitaban el apetito y el estómago lo tenía revuelto todo el día. Después de pasar por todo ese proceso, estuvo ya preparada para escuchar la versión de mi padre. Él le aseguró que fue un desliz de una noche; y que no tenía ningún sentimiento hacia esa mujer. Escuchar eso la alivió bastante.
Ella se tomó su tiempo e hizo un gran ejercicio de introspección. Finalmente ganó el gran amor que le tenía y le perdonó. Parece fácil de decir, pero no fue un proceso sencillo.
Al principio el perdón estaba solo en la superficie, su interior todavía a veces revivía el resentimiento; pero poco a poco, viendo que realmente su marido estaba muy entregado y arrepentido, sintió que perdonar de corazón iba liberando del fuego e iba llenándola de amor. Perdonar por dentro, desde su ser interior, le devolvió la libertad a su alma y sentía que estaba en paz. No hay sensación mejor que sentir paz interior.
Mi padre es un hombre rubio de ojos azules. Se podía decir que era apuesto. Era un hombre de campo, como la gran mayoría de los vecinos del pueblo, estaba musculado por las horas pasadas trabajando las tierras, y al ser alto, era un hombre que llamaba la atención. A su atractivo había que sumarle su gran carisma. El coctel perfecto para no poder separarse nunca de él. Quizá todas estas cualidades la ayudaron a tomar la feliz decisión final.
—La niña es una inocente y víctima de sus padres —concluyó mi madre.
—Ya sabes que no está claro que yo sea el padre. Pudo haber más hombres que la dejaran embarazada —comentó mi padre.
—Esos son rumores del pueblo para humillarla más. La gente puede tener muy mala intención en estos temas. Lo que a mí me concierne es que ella asegura que es hija tuya. Tú te acostaste con ella. Con lo que, si hay una posibilidad, tienes que hacerte cargo.
—Dentro de nada me presento a las elecciones para la alcaldía del pueblo, ¿cómo va a quedar en mi imagen admitir que tengo una hija bastarda? —dijo mi padre empezando a ponerse nervioso.
—¡Eso haberlo pensado antes de fornicar con ella! —respondió ella ya levantando la voz y empezando a sentir palpitaciones.
Se sintió flaquear y buscó una silla para descansar el peso de su tripa, puesto que ya estaba de ocho meses de gestación y alterarse no le venía bien. Se relajó haciendo varias respiraciones profundas y cuando ya estuvo más calmada pudo continuar.
—Vas a ir a verla. Y vas a llevarle un canasto con verduras, frutas y hortalizas que tengamos. No podemos pagarle manutención, porque casi no nos llega para nosotros, pero de lo que saquemos del huerto le llevaremos siempre lo que podamos. Pídele a cambio discreción, aunque te aseguro que en este pueblo de chismosos no hay secretos. A estas horas lo sabrá todo el mundo.
—Tienes razón, cometí un error. Un terrible error, pero voy a hacerme cargo —dijo mi padre cogiendo valentía—. La verdad es que me apegué a la idea de que la niña podría no ser mía; porque esa niña es la prueba de mi falta de honor. —Su voz ya sonaba con más seguridad en sí mismo—. Yo, que soy un hombre de palabra, te juré fidelidad. —Se hizo un momento de silencio, quiso tragar saliva y sintió que se le había hecho un nudo en la garganta. Sin duda aún sentía en su piel la culpa de lo que había hecho—. No me puedo perdonar a mí mismo por lo que hice. Aún no sé cómo has podido perdonarme tú —dijo mientras se sentaba al lado de su mujer—. Eres una mujer increíblemente buena y comprensiva, son unos de los muchos motivos que me enamoraron de ti —terminó diciendo mientras le acariciaba la cara. Se acercó a darle un beso en la mejilla y luego se inclinó para besar su prominente tripa—. La verdad es que no sé qué sería de mí sin ti.
Lo decía sinceramente. Ese desliz y la posibilidad de perderla le hizo darse cuenta de lo mucho que la quería y lo mucho que la necesitaba.
—¡Anda! Calla, adulador —respondió ella con media sonrisa y con su cuerpo ya más relajado.
—Y sobre todo no sé qué sería de mí sin estas —dijo mientras le abría el cuello de la camisa, que en algún momento fue blanca, pero que ya comenzaba a amarillear debido al número de lavados, dejando al descubierto una parte superior del pecho. Él comenzó a dirigir su mano hacia él y se acercó para besarla esta vez en los labios.
—Estás loco, los niños están en el patio jugando con los conejos. ¡Aparta! —dijo riendo, mientras lo empujaba hacia atrás.
—Cariño, es que me vuelves loco —respondió riendo también.
—¡Anda! Ve a jugar con los niños un rato mientras termino de hacer la cena.
—Hoy no tengo tiempo para jugar con ellos, hoy es el día que tengo la reunión oficial con el alcalde. He venido a lavarme y ponerme la camisa buena.
—Es verdad. Pero no vuelvas muy tarde. Cenamos a las nueve en punto.
El ayuntamiento estaba justo en frente de su casa, por lo que solo tuvo que atravesar la carretera de la calle Real, intentando no levantar mucho polvo para no mancharse los zapatos, algo difícil puesto que las carreteras y aceras del pueblo eran de tierra. Como no lo consiguió, se sacudió los zapatos y el pantalón antes de entrar al edificio. No era una construcción mucho mejor que las demás que formaban parte del pueblo, quizá sí que era más grande y espaciosa, pero no constaba de ningún lujo. La secretaria le dio la orden y entró en el despacho.
—Hola, señor alcalde —le dijo ofreciéndole la mano.
—Buenas tardes, Paco. Déjate de formalismos, que nos conocemos desde siempre. Siéntate y cuéntame. ¿Qué querías decirme? —dijo Esteban mientras se estrechaban las manos y cogían asiento, uno frente a otro, separados por una ancha mesa.
—Como quieras, Esteban —respondió—. He venido una vez más en representación del pueblo. Ya sabes que la última reforma agraria que habéis hecho no ha gustado mucho. Nos has subido los impuestos y las familias están muy apuradas. Bastante tenemos con dejarnos el lomo de sol a sol cultivando las tierras para que ahora nos exprimáis más.
Corría el año 1929 y España estaba bajo la dictadura de Primo de Rivera que duraba ya cinco años. Al principio era una dictadura militar, pero poco a poco fueron incorporados miembros civiles que pertenecían a la alta sociedad, empresarios o la Iglesia, que después de unos años de capa caída volvía a ganar poder. Durante su dictadura favoreció mucho al crecimiento y desarrollo de las grandes ciudades con el consiguiente abandono de la zona rural, algo que disgustaba mucho a mi padre puesto que era lo que le tocaba muy de cerca.
Cada día se hacía más evidente la nula inversión de mejoras para el cuidado de las tierras de cultivo o las tierras para la ganadería, y por supuesto, el inexistente apoyo a los propios ciudadanos de los pueblos que casi se les consideraba ciudadanos de segunda. El abandono fue tal que muchos pueblos casi desaparecieron y sus habitantes emigraron a dichas ciudades en busca de un futuro mejor.
Mi padre, que amaba su pueblo, estaba decidido a hacer todo lo necesario para evitar que eso le pasara a él.
Eso es porque mis padres nacieron y viven en un pueblo llamado Cuevas Bajas, en el interior de la provincia andaluza de Málaga, que ronda los dos mil habitantes. El pequeño núcleo de casas que formaban el pueblo se asentaba en un llano, rodeado de elevaciones de terreno no muy altas, quizá alguna alcanzaría la altura necesaria para denominarse montaña, pero que daban cobijo de las fuertes rachas de viento, en el caso de que las hubiera.
Ese grupo de casas destacaba por el blanco de sus fachadas y tejados de teja roja entre el resto del paisaje, que era verde y marrón. El resto del territorio que pertenecía al pueblo eran tierras de cultivo. Grandes extensiones de tierras fértiles, bañadas por el rio Genil, tierras que en su gran mayoría estaban dedicadas a grandes plantaciones de olivos.
Desde una cierta altura se podía apreciar, hasta donde la vista te alcanzaba, las hileras de estos árboles formando filas perfectas que le daban al paisaje una sensación de orden. Pero también se podía ver zonas más despejadas, parcelas en las que se veían terrenos con diferentes tonos de marrones con caballones, que pertenecían a las tierras dedicadas al cultivo de hortalizas, cereales y frutas dependiendo de la temporada en la que nos encontráramos.
—Son órdenes de arriba, sabes que no puedo hacer nada —respondió Esteban cruzando los brazos y recostándose sobre su asiento.
—Tú ahora vives muy acomodado, pero hasta hace poco tú y tu familia habéis sido campesinos como yo. Sabes muy bien que todo ese dinero que le dais a la Iglesia no se lo merece. Sobre todo, cuando no lo usa para ayudar a los necesitados, lo usa para su propio beneficio. Las tierras que le habéis concedido al cura del pueblo, expropiándosela a la familia de Pedro Pérez, son las mejores al estar en la ladera del río. Y con nuestro dinero se compra las mejores herramientas, siendo la envidia de todos. ¿Has visto esa máquina de arar tan moderna que tiene? Mientras nosotros seguimos usando nuestras viejas azadas a costa de nuestras castigadas espaldas, las tierras de la Iglesia son aradas con ayuda de caballos y máquinas, en menos tiempo y con menos esfuerzo.
—Lo sé, lo sé —respondió con cara de disgusto y resignación—. Pero la Iglesia tiene mucho poder y está respaldada por la dictadura de Rivera bajo la protección de nuestro rey Alfonso XIII.
—No me lo menciones y mucho menos digas que es mío. Alfonso no es rey ni es nada —se exaltó mi padre levantando ligeramente la voz.
—Paco, no digas algo de lo que te puedas arrepentir… —dijo Esteban empezando a ponerse tenso, porque una cosa era empatizar con la situación de los agricultores y otra muy distinta ofender a su rey.
—Solo digo lo que todo el mundo piensa; pero no se atreve a decir. La Asamblea Nacional Constitutiva es una farsa absurda. Un grupo de personas escogidas a dedo por la dictadura. Gente rica que se reúne para hacer leyes y normas que benefician a la gente rica. Y a los más humildes nos toca tragar y pagar. Esta situación no es sostenible por más tiempo.
—Pues es lo que nos ha tocado vivir. Más vale que lo aceptes y lo dejes estar. Tus ideas te pueden traer fatales consecuencias —dijo muy seguro de sí mismo—. Créeme, ya me gustaría que las cosas fueran diferentes, pero no lo son. Así que, lamentándolo mucho, no voy a cambiar las normas que me imponen desde arriba —sentenció.
—Pues lo haré yo. Ya sabes que voy a presentarme a alcalde en cuanto se proclamen las próximas elecciones. Entonces, haré lo que sea justo para mis compañeros y vecinos.
—Eso será si consigues los votos necesarios, el pueblo me quiere y me ha apoyado siempre —dijo Esteban confiado.
—Pero ahora la situación está cambiando. Rivera está perdiendo apoyos, hay quien dice que está a punto de dimitir, y está en la ruina. Y ahora después de tantos años ignorándonos, mira a la zona rural y pretende sacar dinero de nuestro esfuerzo. ¡De eso nada! Nos están apretando tanto que no nos queda más remedio que alzar la voz y rebelarnos —dijo levantándose de la silla—. Hay mucha gente que opina como yo —concluyó.
—Bueno, pues ya veremos lo que ocurre. Hasta entonces, te agradecería que te marcharas. —Señaló la puerta mientras se levantaba también—. Nos conocemos de toda la vida; pero como sigas hablando en esos términos, la ley me obliga a poner orden y no quiero tener que detenerte —dijo Esteban contrariado.
—No, tranquilo. Ya te he dicho todo lo que te tenía que decir. Veo que no tienes el valor suficiente para enfrentarte a ellos.
—Piensa lo que quieras. Hago lo que creo que es mejor para los míos. Adiós, y dale recuerdos a mi prima María —dijo Esteban muy alterado y ya sin mirarle.
—Adiós, se los daré —respondió ya desde la puerta.
Mi padre salió del edificio todavía nervioso por la corta, pero intensa, conversación que había mantenido con Esteban. Sabía que era un buen hombre, pero no podía entender por qué no abría los ojos para ver el verdadero drama en el que se encontraba el pueblo.
Cuando eran niños, sin preocupaciones, jugaban juntos a cazar lagartijas y se bañaban en el río junto con más amigos del pueblo. Fue ya de más mayores cuando empezaron a expresar sus diferentes ideologías (muchas veces influenciados por sus respectivas familias), y les condicionaba a estrechar más los lazos o distanciarse. En este caso se distanciaron.
Mi padre, socialista hasta la médula, no podía mantenerse al margen, sobre todo cuando él consideraba que se estaba produciendo una injusticia. Éramos pocos habitantes, pero la verdad es que las ideologías estaban muy divididas, casi por la mitad. Una parte tiraba hacia la idea nacionalista y la otra parte hacia la socialista.
Miró el reloj de la fachada. «Aún son las ocho —pensó—, todavía tengo una hora hasta la hora de la cenar». Así que se fue dirección a la plaza del pueblo donde estaba el único bar. Al entrar saludó a los allí presentes y se acercó a la barra, donde reconoció a dos de sus amigos.
—¡Hombre! Paco, ¿qué tal?, ¿qué haces tan arreglado un martes? —le dijo Enrique, que fue el primero que le saludó.
Enrique llevaba la ropa de trabajo, muy parecida a la de todos los demás. Constaba de una camisa bastante vieja, con remiendos y rodales de sudor, manchas que no salían después de lavadas, y si estábamos a viernes además le cubría una capa de polvo que le daba un tono marrón. Unos pantalones finos, que podían ser grises o marrones, y unas alpargatas de tela y esparto.
—¡Hola, chicos! Vengo de hablar con el alcalde. Hay que guardar las formas —respondió alegremente mientras le hacía un gesto al camarero para que le sirviera una cerveza.
—¿Has conseguido algo? Esteban está muy cogido por las pelotas, ya sabes que el puesto se lo dieron a cambio de cumplir a rajatabla —comentó Antonio sin mucho entusiasmo.
—No. No he conseguido nada. Pero algún día lo conseguiré. Con vuestra ayuda —dijo pasándoles sus manos por los hombros, una a cada uno de sus amigos—. Si me hacéis buena propaganda me haré alcalde. Entonces sí que cambiarán las cosas para nosotros; al margen de los de arriba —empezó a hablar ya con la mirada perdida, como si estuviera pensando en voz alta—. Lo primero que haría sería quitarle el poder a Iglesia, que son los verdaderos culpables de que este país no evolucione, siempre con sus ideas retrógradas y sembrando el miedo entre la gente.
—Déjate de rollos, Paco —le dijo Antonio, soltándose de su amigo y dándole un pequeño empujón en la espalda—. Tómate la cerveza a gusto, ya habrá tiempo para política.
—Es que no puedo evitarlo, ya sabes que es una de mis pasiones.
—¡Tienes todo nuestro apoyo! —dijo Enrique, que sí quería seguir con la conversación—. Quien quiera ir a la iglesia a escuchar los aburridos sermones del cura, pues que vaya. Si los feligreses quieren donar todo el jornal, perfecto. Pero que no vivan los curas y las monjas a nuestra costa. —La voz de Enrique sonaba ahora más acalorada—. Hay que separar la Iglesia del Estado o, al final, se van a hacer los dueños de todo —continuó sintiéndose con toda la razón del mundo.
—Lo que le han hecho a Pedro Pérez no tiene nombre. ¿Ahora a qué se va a dedicar? —comentó Antonio que desistió de cambiar el tema, sabiendo que sus amigos vivían la política como parte de sus vidas—. ¿Un agricultor sin tierras? —continuó diciendo esta vez con la mirada perdida; de repente hizo un movimiento extraño con la cabeza, como si le hubiera recorrido un escalofrío por todo el cuerpo.
—Lo sé. Podría habernos pasado a cualquiera —contestó mi padre con pena—. Pero bueno. Antonio tiene razón. Cambiemos de tema. ¿Cómo están vuestras familias?
— Bien, mi Juana ya ha cumplido los once años, está muy mayor —comentó Antonio.
—Y muy guapa —apuntilló Enrique—, dentro de nada es una moza. Te tocará ir detrás de ella con la escopeta de caza —dijo riendo.
—¡Calla! ¡Calla! No me lo recuerdes. —Se rieron todos.
—Bueno, Paco. Tu Carmen es de la misma edad, tú tampoco te vas a librar —contraatacó Antonio.
—Mi Carmen es más pequeña, tiene ocho años. Pero sí… a todos nos tocará pasar por ahí —dijo con media sonrisa en la cara todavía—. Bueno, amigos, hablando de familia; me voy con la mía que ya serán cerca de las nueve y es la hora de cenar. —Dejó sobre la mesa las dos monedas de diez céntimos que costaba la cerveza y se dispuso a irse.
—Eso, vete. Que, si no, María te deja sin postre —dijo Enrique riendo de nuevo—. Que menudo genio se gasta. ¡Te lleva firme! —sentenció.
—Adiós, muchachos, no vemos mañana —dijo ya casi desde la puerta mientras salía, disimulando la sonrisa que le había provocado el último comentario.
Cuando llegó a casa al abrir la puerta de madera ya detectó un maravilloso olor a comida que le provocó salivación, por el hambre que tenía y porque ese olor era de uno de sus platos favoritos, guiso de conejo.
—Ya estoy en casa —gritó desde el recibidor.
Nuestra casa, como todas las del pueblo, tenían el suelo de cemento sin pulir, que estaba lejos de estar nivelado, pero estaba bastante liso. Su tono gris oscuro daba a las casas la sensación de pequeño, por eso se compensaba con el blanco de las paredes.
Las paredes hechas de ladrillo embellecido con una pequeña capa de escayola. Tampoco eran perfectamente rectas y se notaban los brochazos de la espátula al extender el material.
Pero estos defectos en la construcción no eran lo peor, lo más incómodo era que había desniveles entre el salón y la cocina. Y entre la cocina y el baño. Con lo que había que subir y bajar escalones todo el tiempo.
Nuestra casa era de las más grandes. La familia de mi madre era de las más adineradas del pueblo y les había ayudado a la entrada de la casa y además, les había cedido un terreno de tamaño bastante considerable, con lo que se podían sentir agradecidos. Teníamos dos plantas, en la planta baja teníamos una habitación pequeña, un salón amplio, la cocina que también era holgada, y que a su vez daba a un patio interior sin techo que era de tierra, donde teníamos una cabra y un pequeño corral con gallinas y conejos. Volviendo al interior, otra puerta desde la cocina se abría hacia un baño con retrete y una pila de lavabo.
En la segunda planta estaban los dormitorios; uno más grande que era el de matrimonio y tres habitaciones más pequeñas, pero lo suficientemente grandes para que cupiera una cama de noventa.
Toda la casa amueblada con lo justo y necesario. Y apenas decorada con un cuadro y una foto o dos.
—Hola —escuchó un par de voces que le respondían.
—¡Papá! —Oyó el sonido de una voz de niño y en seguida lo acompañó el sonido de unos pasos veloces que venían hacia él.
—¡Fran! Hijo. ¿Qué tal estás, campeón? —preguntó mientras le cogía en brazos, pero inmediatamente lo volvió a dejar en el suelo—. ¡Santo Dios! Ya pesas un quintal, ya no puedo contigo.
—Bien…, aunque hoy me he caído jugando en el patio y me he hecho una herida. Mamá ya me ha curado y estoy bien.
—Muy bien, eso quiero. Que seas valiente —le dijo mientras le remolinaba el pelo de la cabeza—. Vamos para dentro.
Cuando llegó al salón vio que la mesa estaba prácticamente montada. Carmen estaba colocando los últimos vasos.
—Hola, hija ¿cómo estás? —le preguntó con la voz más dulce que podía poner.
—Bien, papá. Siéntate, que ya está todo listo —le respondió.
—Gracias, hija. Sí que voy a sentarme, que buena falta me hace, no he parado en todo el día. La cena huele fenomenal, no veo el momento de hincarle el diente.
—Menos mal que has sido puntual; porque, si no, los cuatro nos habríamos comido todo sin dejarte ni los huesos —dijo mi madre que apareció en el salón con la olla, seguida de Lidia, la pequeña de la casa, que no se separaba de las faldas de mamá.
—Hola, Lidia, cariño. ¿Vienes a darle un beso a papá? —dijo con la esperanza de que la respuesta fuera una afirmación, ya que con ella nunca se sabía.
—Hola, papá. Sí —dijo la pequeña, y se acercó a darle un beso y un abrazo.
La cogió y la sentó en la silla de al lado. Poco a poco fueron cogiendo asiento, mientras mi madre empezaba a servir los platos.
En ese momento mi padre se quedó un momento observándolos pensativo. Primero miró a mi hermana Carmen, que con ocho años demostraba ser buena estudiante, muy aplicada y obediente. Tenía el pelo oscuro y ondulado como mi madre y sus mismos ojos marrones. Quizá sus rasgos no eran iguales a los de ella, pero le recordaban más a los de su familia política. También se dio cuenta de que hacía incluso sus gestos. Mi madre la estaba educando igual que la habían educado a ella, a ser una mujer de su casa: limpiar, arreglar el patio y los animales, hacer la comida… en definitiva, a ser una buena esposa. A pesar de ser tan pequeña ya sabía hacer la mayoría de las faenas.
Pasó la mirada a su hija Lidia. Era introvertida y tímida (quizá fuera por su corta edad, ya que solo tenía tres añitos) y estaba muy apegada a su madre. Aunque su intuición le decía que iba a ser una niña muy blandita en carácter. Tenía la esperanza de que se endureciera en cuando empezara el colegio. Físicamente estaba más mezclada porque tenía el pelo más claro, pero sin ser rubia como él, y con ojos marrones.
Luego miró a su hijo Fran, sin duda el que físicamente más se parecía a mi madre: mismas facciones, mismos ojos, mismo color de pelo y mismo genio. Aprender le costaba un poco más, no porque no tuviera la capacidad, sino porque era un niño muy inquieto y se distraía con facilidad.
Finalmente posó su mirada en su mujer, que ya había terminado de servir y se disponía a comer.
En ese momento se dio cuenta de que ninguno de sus hijos había sacado rasgos físicos o caracteres similares a él. «Qué genes más potentes tiene María para ganar siempre en la batalla genética». Mirándola, cómo trabajaba para la familia, cómo se preocupaba por todos, cómo nos quería. No paraba ni un momento para tenernos a todos bien atendidos, llevaba para delante tres hijos y uno casi a las puertas, «Es una mujer tan fuerte y trabajadora que no me extraña que sus genes sean iguales», pensó con media sonrisa.
La verdad es que realmente no le importaba, pero cuando vio de refilón la prominente tripa, sí que tuvo el fugaz deseo de que el bebé que estaba en su vientre se pareciera más a él. A todo hombre le gusta pensar que un pedazo de él se quedaría en el planeta una vez lo abandonase. Como si así nos perpetuáramos a nosotros mismos.
—¿Qué tal con mi primo? —preguntó mi madre volviendo a mi padre al presente, sacándole de sus pensamientos.
—Mal. Como era de esperar. Te manda saludos, por cierto —respondió él—. No tiene intención de quitarnos el impuesto.
—Qué faena. Pues nada, habrá que pagar y punto —dijo sin más.
—Te conformas muy pronto —respondió algo indignado—. Pues a mí me hierve la sangre cada vez que lo pienso —espetó él, más enfático.
—A ver… Claro que no me gusta. Ya vamos apurados con todos los que somos y el que queda por llegar; pero por suerte mis padres van más desahogados y, si nos hiciera falta, siempre podrían echarnos una mano —respondió ella más conciliadora.
—Ya sabes que no quiero pedir favores a nadie y menos a tu padre, al que nunca le he gustado —respondió bajando la cabeza.
Resulta que mi padre, que sí había podido escoger a los amigos por mayor o menor afinidad (como ya había comentado anteriormente), en el caso del amor fue algo totalmente improvisado y fuera de su control. Ya que el socialista más acérrimo del pueblo se fue a enamorar de la primogénita de una de las familias mejor posicionadas y religiosas. Aunque, por suerte, mi madre no compartía tanta afinidad por la Iglesia como su madrastra Dolores, que era muy beata y partícipe en todos los eventos religiosos, y su padre (mi abuelo Fermín), que también tenía sus propias creencias.
Claro, entregar a su hija a un ateo de familia humilde no es lo que más le apetecía. De hecho, al principio se negó al noviazgo. Después de la insistencia de su hija acabó cediendo, pues lo que mi abuelo quería era que ella fuera feliz, y muy a su pesar, ella también se había enamorado de él.
—Tonterías. Si ya hace un par de años que te saluda cuando nos juntamos a comer — dijo ella con tono burlón.
—No te lo tomes a broma, no vamos a pedirle dinero a tu padre. Promételo.
—Cuánta tontería tiene el orgullo masculino. Fran, tú nunca seas así —dijo mirando hacia su hijo, que le respondía con la mirada y un gesto de no entender.
—Ya sabes lo mucho que trabajo para que no nos falte de nada, lo justo es que el fruto de mi esfuerzo se quede en casa, y no sea para pagar impuestos abusivos —volvió a insistir—. Es por ahí por donde tenemos que actuar, no pidiendo limosna o endeudándonos con la familia.
—Es verdad, Paco, tienes razón —respondió—. Pero ahora no hablemos de eso. Vamos a terminar de cenar y a dormir, que ha sido un día largo y mañana hay que volver a empezar —continuó con voz suave y conciliadora para poder terminar la conversación.